En
muchos contextos evangélicos, todavía se habla y se entiende prioritariamente
el Reino de Dios como algo escatológico, metahistórico, apocalíptico y
perteneciente a los acontecimientos futuros. Se olvida el “ya” del Reino que
ocurre con la irrupción de Jesús en nuestra historia, lanzando un mensaje que
no es solamente para el más allá, sino un mensaje de liberación en el
presente, en nuestro aquí y nuestro ahora. No vamos a negar la trascendencia y
la escatología del Reino, pero queremos afirmar, en nuestro contexto histórico,
que el Reino se ve en los Evangelios sinópticos como dando prioridad a las
necesidades más inmediatas del hombre en su sufrimiento y necesidad. Así, la
irrupción del Reino de Dios en la persona de Jesús afectaba a la eliminación
del sufrimiento, la preocupación por los más pobres, la integración de los
marginados y excluidos, a la valoración de los ignorantes que eran considerados
como malditos – “esta gente que no sabe la ley, maldita es” -, a la
dignificación de la mujer que en tiempos de Jesús estaba en el grupo de los
marginados, la valoración de los débiles y el acordarse de los que lloran, de
los que tienen hambre, de los perseguidos, los presos y los quebrantados.
Ha
habido muchos momentos en los que la Iglesia ha perdido esta visión y no ha
sabido vivir el compromiso del Reino. Todavía no se puede afirmar rotundamente
que nuestro momento histórico sea ideal, pero es de alegrarse el hecho de que
la Iglesia Evangélica hoy en España vaya asumiendo, cada vez más, compromisos
en línea con las preocupaciones del Reino de Dios que ya está entre nosotros.
Hoy, en las iglesias protestantes españolas, se está tomando conciencia y
pasando a la acción, más que en ninguna otra época de la historia.
La
Iglesia Protestante en nuestro contexto histórico de la España de hoy, se va
dando cuenta de que el compromiso con el Reino implica el trabajar en la
liberación y dignificación de los más pobres. Día a día se intensifica el
compromiso social del pueblo protestante. Desde Misión Urbana de Madrid hemos
podido ver como año tras año surgen nuevas formas de compromiso social en
nuestras Iglesias: ropero, reparto de alimentos, preocupación por la infancia
marginada, ayudas a la mujer... y las puertas abiertas al colectivo de los
inmigrantes. Hoy los protestantes españoles estamos en contacto con muchas
decenas de miles de inmigrantes de todos los países. Cada vez nos sentimos más
llamados a la solidaridad, al compromiso con los más débiles... y poco a poco
vamos entendiendo el mensaje profético de que a nuestro anuncio del Evangelio
se debe unir la denuncia de las situaciones injustas del mundo, así como de sus
estructuras insolidarias y opresoras. Una solidaridad que nos lleva a fijarnos
en los sufrimientos concretos del hombre e identificarnos con las luchas de los
más débiles.
Los
cristianos, así, continuamos viviendo en la clásica tensión escatológica
entre lo trascendente, de lo que la iglesia y el cristiano deben ser signo, y la
dimensión sociopolítica como consecuencia de la encarnación de la misión de
la iglesia. Así vivimos la tensión del compromiso social temporal y el
compromiso espiritual y eterno. Ambos caminan de la mano. Lo natural y lo
sobrenatural, aunque estén en esta tensión, no se extrañan mutuamente. El
cuerpo y el alma caminan juntos y no entendemos el cuerpo como la cárcel del
alma. Así, la evangelización y la promoción humana son parte de un mismo
compromiso con el prójimo. Son una forma de vivir la horizontalidad del
Evangelio. Si no existe esta horizontalidad, el Evangelio queda mutilado y se
convierte en un espiritualismo vacuo y muy lejos de los objetivos del Reino o
Reinado de Dios en un mundo de dolor.